De pueblo a ciudad, el jardín departamental

Locales 29/07/2021 Por Alejandro Alanda
A continuación compartimos una nota publicada por la sanvicentina Ludmila López en la revista atenearevista.com.ar
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UNA RECORRIDA POR SAN VICENTE: Sobre la ruta 34 y a 180 kilómetros de Rosario se encuentra San Vicente. Una localidad donde, según el último censo, habitan alrededor de 7 mil habitantes pero otra información brindada por la Empresa Provincial de la Energía (EPE) verifica la existencia de 3.251 suministros de pequeñas demandas, lo que infiere que, calculando 4 personas por medidor, otorgaría una proyección de población de 13.004 habitantes. Forma parte del departamento Castellanos y es apenas un punto dentro de la provincia santafesina, pero vaya que tiene encanto.

A nivel educación, San Vicente cuenta con un jardín maternal, un prescolar, dos primarias, un secundario, una técnica y un terciario que permite continuar estudiando algunas profesiones. Motivo por el cual llegados los 18 o 19 años y si la familia puede enfrentar el gasto, te ves obligado a emprender camino lejos de casa. La ciudad del río Paraná, Rafaela, las sierras cordobesas o la capital de la provincia son los destinos más elegidos por las generaciones sanvicentinas.

Siendo un adolescente y de pueblo (dato no menor: donde todos creen conocerse con todos y en las calles se saluda obligadamente sepas o no quién es aquel que levanta la mano o agacha la cabeza, donde el centro se compone por una gran plaza rodeada de algún que otro comercio y donde hasta hace poco las bicicletas dormían afuera y las puertas quedaban sin llave), desembarcás a una ciudad con muchísimos más habitantes, con otro ritmo de vida y sin conocer siquiera el nombre de la calle en que alquilaste un diminuto departamento. Con el transcurrir de los días te das cuenta que las opciones son dos: te adaptás o hacés los bolsos y el sueño que una vez fue personal y ahora familiar, queda en eso, en un intento que no pudo ser.

Una vez que encontraste la línea de colectivo que te deja cerca de la facultad y que comienza a irse el miedo de que te pase todo lo que veías en los noticieros mientras cenabas, das pie a entablar un vínculo con otros como vos que están igual de perdidos pero también igual de exaltados y excitados por estar viviendo sin los padres y entonces llega el momento de las peñas de los jueves, los encuentros post rendida y la ciudad que veías como un monstruo que te podía comer, es ahora tu lugar preferido en el mundo. Ya no llamás todos los días a tu casa e incluso sin darte cuenta pasaron meses sin visitar San Vicente.

Sin embargo el tiempo pasa. Los que eran vínculos de la facultad ahora son tus hermanos, tus compañeros de vida. La changuita que hacías para ayudar a tus viejos y llegar a fin de mes se transformó en trabajo estable y la vorágine de la adultez llegó para quedarse. Cuando tenés un fin de semana libre después de meses, armás un bolso chiquito y organizás el tan esperado encuentro con lo que quedó de tu familia. Subís a la ruta 34 en el único colectivo que conecta Rosario – Rafaela, la empresa Güemes, que cobra pasajes carísimos y el servicio que ofrecen es debajo de lo malo. Cuatro horas demorás en llegar a San Vicente porque “es lechero”, y eso si estás de suerte y no pinchó goma, o explotó un matafuego, o se incendió por recalentamiento de motor.

Pasás el peaje de San Martín de las Escobas y mirás por la ventana para ver si conocés a alguien. A los pocos kilómetros empiezan a asomarse al costado de la ruta las casas con piletas que se alquilan durante el verano, una de las fábricas que alimenta al pueblo, la estación de servicio y la virgen María dan la bienvenida. Lo que en la niñez llamabas “chanchódromo” donde se festejaba el carnaval y en la adolescencia “acceso” para puntos de encuentro, hoy es el Paseo de la Vida, para hacer ejercicio o salir a caminar. El camino que te introduce al corazón del pueblo, con una fuente de agua en el centro y flores de distintos colores a pesar de estar pisando el invierno. Podría afirmarse que nada es igual pero todo sigue como estaba. Ahora marcados por el tiempo y, con él, por los recuerdos. Volver a casa después de largos meses pandémicos es bailar un rato con la melancolía.

Los brazos te reciben abiertos. Los ojos se empañan con lágrimas, las sonrisas se esconden debajo de los barbijos. No hace falta decir cuánto extrañaste a cada uno de los tuyos porque el cuerpo lo está gritando. El humo viene de la parrilla porque el asado siempre fue el encargado de sellar buenos momentos y acelerar los malos. Con el vermú de las 11.30 empiezan las anécdotas. “Esto era todo campo”, dice Antonio que en septiembre cumple 80. Y con esto se refiere al pueblo entero. Cuenta entonces que la plaza se parecía a un viñero, que era tierra y árboles sostenidos para que crezcan y que la gente andaba a caballos.

Hoy es considerada la más linda de la zona y tiene motivos suficientes. Pinos altos y verdes que imponen presencia. Dos estatuas de leones que marcan el pasillo central. Escaleras que llevan a un anfiteatro profundo y lleno de recovecos con enredaderas floreadas naranjas y fucsias que perfuman el lugar habitado por artistas locales cada cierre de año. “Jardín departamental”, así la denominan por su encanto. Con una gran fuente que por sus chorros de agua y luces fue el fondo de fotos de eventos como casamientos o cumpleaños de 15, un puente de la paz con laguna artificial, el parque infantil donde los domingos se llena de niños hurgueteando en la arena, bajando por el tobogán o girando en la calesita. Monumentos a la Madre, al Inmigrante, al Hermanamiento con Marene, a los héroes de nuestra historia San Martín y Belgrano. Con una explanada para celebraciones como día del niño donde la comuna brinda el chocolate caliente y algún que otro regalo, la fiesta del estudiante donde todo es baile y alegría o el acto de 9 de julio con su desfile a caballo y la bandera argentina flameando a lo alto del mástil. La fuente del centenario con cargador de electricidad solar y una importante Terminal de ómnibus con bar y comedor que es testigo de reencuentros y despedidas.

San Vicente, cuna de la cosechadora argentina. Así es como se lo llama. En esa llanura santafesina se creó la primera máquina cosechadora de Latinoamérica. Motivo por el cual cada septiembre el Club Atlético Brown celebra la FiNaCo, Fiesta Nacional de la Cosechadora. Expositores, artesanos, shows y comida de todo tipo pintan de color al pueblo y dejan la invitación abierta a los turistas para lo que será el Auténtico Bingo. “Digan lo que digan, es único”, dice Luis, de 61 años, en la sobremesa dominguera. Y no se equivoca. Desde hace 36 años, el primer fin de semana de febrero el pueblo recibe alrededor de 70 mil personas que llegan desde muy temprano al predio del club. Aquellos que vienen de muy lejos optan por acampar dentro del camping y disfrutar de la pileta y las demás instalaciones. Desde el jueves de esa semana las calles linderas se convierten en estacionamientos, el humo de las parrillas se percibe desde el centro y el sueño de muchas familias se gesta. Para la tarde del sábado empiezan a llegar colectivos, combis, autos particulares. Se leen carteles con nombres de ciudades del norte, también del sur, incluso de países limítrofes. Las conservadoras cargadas de hielo y refrescos porque está por comenzar una noche larga: son 112 premios que van desde una camioneta con una lancha, un departamento en Carlos Paz con el auto en la cochera o un camión. “¿Te acordás cuando te faltó un solo número para ganarte el Alfa Romeo Mito?”, recuerdan en la mesa, y la respuesta es sí. Nadie se olvida de la emoción, la ansiedad, los nervios que se viven cuando falta tan poco para que tu suerte cambie un poco.

En el Auténtico Bingo de San Vicente la gente llora, ríe, baila, grita, canta. Aplauden con la alegría ajena, y en cada tablón se puede escuchar un “se lo merece” cuando el flamante ganador de uno de los premios cuenta su historia de vida. Las ganas de ver el cartón de tu bingo completo y la esperanza de que el próximo año seas vos quien esté arriba del imponente escenario del club, crean un ambiente único. El cierre de cada edición termina con un espectáculo artístico. Valeria Lynch, Miranda, Los Palmeras son sólo algunos de los tantos músicos que pasaron por San Vicente. La entrada es gratuita tengas o no bingo y es un dato importante a mencionar ya que se convierte en accesible y entonces si antes venían dos, el año entrante viene la familia completa. 

San Vicente, que hace poco fue nombrada ciudad por su capacidad de desarrollo empresarial aunque cuente con un SAMCO olvidado por los gobiernos, carezca de gas natural y haya cuadras que aún no cuentan con cloacas, sigue siendo ese rincón en el mundo donde uno se siente seguro. Donde la paz de la siesta te abraza y el amor de los vecinos que te vieron nacer, crecer, partir y volver se siente en cada torta casera, en cada mate compartido (pre pandemia) o en cada saludo de una cuadra a la otra. “El pueblo de Fantino” suelen decir los taxistas cuando te preguntan de dónde sos y respondés San Vicente, pero en realidad es el pueblo de todo aquel que tenga ganas de dejarse querer un rato.

Por: Ludmila López

Material visual: Fabi López - Marco Laporta

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